Entre círculos concéntricos de humo y pasos combato la ansiedad. ¿Por qué cuando el anhelo es tan fuerte que alcanza los límites de la necesidad las circunstancias se entorpecen confabulando en un mar de despropósitos insoportable?
Leyes irreconciliables amenazando serenidades telúricas. Miro otra vez el reloj: y treinta y cinco… hace casi diez minutos y nada, ¡qué vergüenza de servicio, que poca seriedad! O llega en dos minutos o los denuncio… ¡Nunca más! Hablando de denunciar, ya que estamos puestos quizás aprovecho e incluyo en mi lista a estas niñas por escándalo público. Sí, de acuerdo, la edad del pavo y todas sus estupideces: ese no me importa nada del mundo y los demás, me visto, digo y hago lo que me da la real gana… pero ¡todo tiene un límite! No es sólo ese continuo estruendo altisonante de risas retumbando entre frecuencias reverberantes inutilizando tus tímpanos, sino sobre todo -insisto- esa procacidad e indiferencia absoluta para/con sus colindantes que las hace parecer efímeramente libres, protegidas por un manto de felicidad ficticia envidiable. No lo niego, es verdad, la rabia de ver a Paula, de querer estar en su lugar, sin ninguna responsabilidad, con la única preocupación de pensar cómo torear a sus viejos... A su edad yo no pude hacerlo, eran otros tiempos, y de una manera u otra lo he echado siempre de menos. Tal vez por eso ahora haga lo que haga, me conceda este permiso, después de toda una carrera inmaculada inacabable de comportamientos irreprochables y compromisos ineludibles. Encadenado en esa rueda invisible llena de tentáculos desde que tengo conciencia de mis pedos. Quizás no, y sólo sea porque por una vez, y sin que sirva de precedente, he seguido simplemente mis instintos más primarios… Tengo que subirme a ese tren de una vez, ¡y no llega! Me jode, porque en otra ocasión me daría igual, no soy una persona que se pueda definir por ser esencialmente impaciente. Tampoco uno que no esté acostumbrado a moverse arriba abajo con transportes públicos, de hecho son ya unos cuantos años que agarro el dichoso tren para ir a trabajar –más cómodo: evitas follones de tráfico, gastas menos y vas más rápido- y estaba satisfecho de la experiencia incorporándola a mi vida con el esmero y la dedicación apreciada de toda rutina cotidiana. Estaba satisfecho… ¡hasta hoy! El día más importante, el único día por favor, ¡dios! Qué me importaban todos los demás (siempre con puntualidad inglesa), si hacía tarde a la oficina igualmente la culpa no era mía… eran los trenes del trabajo. En cambio éste no, éste es mío, mi tren, y sigue sin llegar... ¡y ya va un cuarto de hora! El jefe de la estación me ha contestado con un comedido “– tranquilícese por favor, no tardará en llegar, han tenido algún problema técnico y va con un pelín de demora, pero dentro de nada llega” ante mi avalancha desesperada de improperios y amenazas. Seguro que ha sido un suicidio, como siempre, y no me lo quiere decir porque tiene miedo de darme una idea y que, en consecuencia, provoque todavía más retraso. Mientras mi mente aún está intentando absorber el “pelín” del subalterno de turno con la ayuda del movimiento fonético de mis labios, mi frente se va licuando de forma desenfrenada con ese sudor frío de las oportunidades frustradas, residuo físico de una neura aguda pasajera que dentro de nada quedará enterrada en la memoria conciliadora del recurrente preestablecido. No tengo más remedio que sentarme, antes que el número sea más grande y me desmaye desfondado post ataque epiléptico. Aflojo el nudo de la corbata, desabrocho los últimos botones de la camisa tomando aire. Gotas de distintas glándulas se confunden en mi rostro -¡qué vergüenza, seguro que se lo están pasando en grande esas niñatas!-. Cada segundo es una eternidad y esas jodidas eternidades han transformado mi atrevimiento en un infierno, mis ansias en desesperanzas, mi heroicidad en bellaquería. Un combate que abandono. Pienso en el “pelín” y en lo que no me ha dicho. Miro las vías, esas escaleras sin aparente fin, solapadas al suelo, sendas inevitables de hierro y velocidad, interesante combinación, fluirse con el metal. Despedazado en mi imaginación, descifro mi última oda. Arrasado en el anonimato, reconocido por el tío de la estación y alguna de las paulas, el desconcierto general: nadie sabe, nadie entiende, qué hacía allí, por qué lo había hecho. Después, el entierro dignísimo con las mismas buenas y tibias palabras que dicen a todos mis semejantes de trayectoria intachable y desenlace insospechado: de reconocimiento ficticio y mejor augurio hacia mi persona, de sosiego y aliento para los que he dejado. Sigo en el andén, miro mi alrededor, me intento relajar en un juego más constructivo de posiciones que hace que me sienta mejor. Dejo por un momento los suicidios y me centro en la estación. He convivido con ella todos los días laborables y algún que otro festivo desde hace más de nueve años integrándola en la mecánica ritual de mis días (a ella y a los recorridos, trenes, pasajeros, horarios, etc.; consecuencias de su prestación provisoria). Lejos del lugar hostil escenario de mi defunción de hace apenas unos instantes, se ha constituido involuntariamente en mi otra casa: ese espacio de transición entre el hogar y la oficina. El de los cafés matutinos, los periódicos pacientes y la muchedumbre dormitada. Vuelvo a la estación ferroviaria de siempre y pienso en mis trayectorias diarias…
Leyes irreconciliables amenazando serenidades telúricas. Miro otra vez el reloj: y treinta y cinco… hace casi diez minutos y nada, ¡qué vergüenza de servicio, que poca seriedad! O llega en dos minutos o los denuncio… ¡Nunca más! Hablando de denunciar, ya que estamos puestos quizás aprovecho e incluyo en mi lista a estas niñas por escándalo público. Sí, de acuerdo, la edad del pavo y todas sus estupideces: ese no me importa nada del mundo y los demás, me visto, digo y hago lo que me da la real gana… pero ¡todo tiene un límite! No es sólo ese continuo estruendo altisonante de risas retumbando entre frecuencias reverberantes inutilizando tus tímpanos, sino sobre todo -insisto- esa procacidad e indiferencia absoluta para/con sus colindantes que las hace parecer efímeramente libres, protegidas por un manto de felicidad ficticia envidiable. No lo niego, es verdad, la rabia de ver a Paula, de querer estar en su lugar, sin ninguna responsabilidad, con la única preocupación de pensar cómo torear a sus viejos... A su edad yo no pude hacerlo, eran otros tiempos, y de una manera u otra lo he echado siempre de menos. Tal vez por eso ahora haga lo que haga, me conceda este permiso, después de toda una carrera inmaculada inacabable de comportamientos irreprochables y compromisos ineludibles. Encadenado en esa rueda invisible llena de tentáculos desde que tengo conciencia de mis pedos. Quizás no, y sólo sea porque por una vez, y sin que sirva de precedente, he seguido simplemente mis instintos más primarios… Tengo que subirme a ese tren de una vez, ¡y no llega! Me jode, porque en otra ocasión me daría igual, no soy una persona que se pueda definir por ser esencialmente impaciente. Tampoco uno que no esté acostumbrado a moverse arriba abajo con transportes públicos, de hecho son ya unos cuantos años que agarro el dichoso tren para ir a trabajar –más cómodo: evitas follones de tráfico, gastas menos y vas más rápido- y estaba satisfecho de la experiencia incorporándola a mi vida con el esmero y la dedicación apreciada de toda rutina cotidiana. Estaba satisfecho… ¡hasta hoy! El día más importante, el único día por favor, ¡dios! Qué me importaban todos los demás (siempre con puntualidad inglesa), si hacía tarde a la oficina igualmente la culpa no era mía… eran los trenes del trabajo. En cambio éste no, éste es mío, mi tren, y sigue sin llegar... ¡y ya va un cuarto de hora! El jefe de la estación me ha contestado con un comedido “– tranquilícese por favor, no tardará en llegar, han tenido algún problema técnico y va con un pelín de demora, pero dentro de nada llega” ante mi avalancha desesperada de improperios y amenazas. Seguro que ha sido un suicidio, como siempre, y no me lo quiere decir porque tiene miedo de darme una idea y que, en consecuencia, provoque todavía más retraso. Mientras mi mente aún está intentando absorber el “pelín” del subalterno de turno con la ayuda del movimiento fonético de mis labios, mi frente se va licuando de forma desenfrenada con ese sudor frío de las oportunidades frustradas, residuo físico de una neura aguda pasajera que dentro de nada quedará enterrada en la memoria conciliadora del recurrente preestablecido. No tengo más remedio que sentarme, antes que el número sea más grande y me desmaye desfondado post ataque epiléptico. Aflojo el nudo de la corbata, desabrocho los últimos botones de la camisa tomando aire. Gotas de distintas glándulas se confunden en mi rostro -¡qué vergüenza, seguro que se lo están pasando en grande esas niñatas!-. Cada segundo es una eternidad y esas jodidas eternidades han transformado mi atrevimiento en un infierno, mis ansias en desesperanzas, mi heroicidad en bellaquería. Un combate que abandono. Pienso en el “pelín” y en lo que no me ha dicho. Miro las vías, esas escaleras sin aparente fin, solapadas al suelo, sendas inevitables de hierro y velocidad, interesante combinación, fluirse con el metal. Despedazado en mi imaginación, descifro mi última oda. Arrasado en el anonimato, reconocido por el tío de la estación y alguna de las paulas, el desconcierto general: nadie sabe, nadie entiende, qué hacía allí, por qué lo había hecho. Después, el entierro dignísimo con las mismas buenas y tibias palabras que dicen a todos mis semejantes de trayectoria intachable y desenlace insospechado: de reconocimiento ficticio y mejor augurio hacia mi persona, de sosiego y aliento para los que he dejado. Sigo en el andén, miro mi alrededor, me intento relajar en un juego más constructivo de posiciones que hace que me sienta mejor. Dejo por un momento los suicidios y me centro en la estación. He convivido con ella todos los días laborables y algún que otro festivo desde hace más de nueve años integrándola en la mecánica ritual de mis días (a ella y a los recorridos, trenes, pasajeros, horarios, etc.; consecuencias de su prestación provisoria). Lejos del lugar hostil escenario de mi defunción de hace apenas unos instantes, se ha constituido involuntariamente en mi otra casa: ese espacio de transición entre el hogar y la oficina. El de los cafés matutinos, los periódicos pacientes y la muchedumbre dormitada. Vuelvo a la estación ferroviaria de siempre y pienso en mis trayectorias diarias…
El ferrocarril de las 7.15 no sólo está a algo más de doce horas de luz del que estaba esperando. Hay otras distancias siderales inconmensurables separando el abismo secreto momentáneo de mis sueños de la travesía pulcra y silenciosa de los raíles acostumbrados. La costumbre, un mecanismo de hilos enhebrados extendiéndose compulsivamente con una eficacia extrema: la comodidad y el pavor mezclándose en un cóctel recalcitrante de inmovilidades sin voz ni razón. Atrapado en el entramado, consciente de sus confines y perversiones, he andado y desandado cada uno de los días amparado en la supuesta solidez inmune de esta vía. La monotonía archiconocida, cheque en blanco en el que proyectarse entre números estables que te permiten dormir tranquilo. El sólito despertador (6.30) y el olor a sábanas gastadas. La ducha rápida y el café con leche y las tostadas reutilizadas en la penumbra desvelando. Un leve pico y que tengas un buen día corriente y sin espasmos. Pasaje veloz, cinco para las siete, para llegar a la estación, marcar el billete y tomarse el primer café consciente. Empieza de verdad la jornada, la cafeína empieza a hacer efecto. El intervalo restante –migaja de minutos hasta el cuarto- remediado con la minuciosa observación de las esperas circundantes: liturgia abriendo mosaicos variopintos sobre el devenir de sus existencias, tejidas a través de puentes imaginarios encajando las diferentes actitudes circunstanciales diarias con sus correspondientes rompecabezas. Identidades anónimas reveladas por extraños. Encuentro fugaz susceptible a elucubraciones: intromisiones en forma de pasatiempo, productos del cincel de la soledad redundada, mínimo dinamismo en lo petrificado. Actores y actrices selectos de una película en permanente proyección, con vocación de extras son descubiertos y dirigidos por cada espectador espontáneo, actor a su vez de otra, y así sucesivamente... Mis principales de siempre: el compulsivo devorador de periódicos que hace sentir cada maldita página que lee y la mamá con los críos llorones descontentos de ir al cole –mis otros despertadores, por si el reloj y el café no cumplen su cometido-, el business-man que todavía no ha abierto el párpado y ya está enchufado perpetuamente a su celular alter ego y su mujer que no para de dar vueltas desesperada (creo que más que porque no llega el tren, porque éste no se lleva por delante su jodido marido... no me extraña, debe ser duro: ¡abandonada por un móvil!). Sólo algunos de mis últimos protas… ¡Suerte que no tengo que chuparme también a las niñas escandalosas, qué pesadilla! No creo que mi Paula llegue a este extremo, ¡cruzo los dedos! A lo largo de estos años han sido muchos los principales que han protagonizado mis despertares. He amanecido junto a ellos y otros tantos secundarios, con los cuales la intersección ha sido menos ocasional o impactante, aunque muchas veces –la mayoría, en las mañanas autistas- he buscado su compañía como refugio salvador.
El tren del trabajo –ese cercanías cualquiera- abre puntualmente sus compuertas a las 7.15, acompañado de los pertinentes y persistentes pitidos que te afanan inconscientemente a apresurar la disposición en el nuevo espacio. En los días normales el tráfico (saliente/entrante) es fluido pasando casi desapercibido, en cambio en los estresados se convierte en un caos horrible de empujones y embrollos en el que subir o encontrar lugar adquiere magnitudes de epopeya. La impaciencia se precipita súbitamente en una suerte de marea humana tomando posiciones a la carrera (impensable con esos madrugones) desobedeciendo cualquier manual básico de educación civil, incluso el mandamiento por antonomasia: el clásico dejen salir antes de entrar propio de los compartimientos públicos. Afortunadamente sucede muy de vez en cuando a esas horas, de modo que el terreno se hace más domesticable para degustar el mejor momento: la minuciosa elección y consiguiente instalación en uno de los asientos del vagón (habitualmente por cierto escojo el último –si no tengo otras prioridades- por su cercanía a la salida de la estación de destino). En cuanto a la butaca, aunque me gusta variar (es más interesante la vida desde distintas perspectivas…), después de repetir tantas veces el trayecto creo que tiendo a ubicarme junto a la ventana, preferiblemente la última, a mano derecha, en el mismo sentido de la marcha. No hay que despreciar la influencia de algunos elementos que participan decisivamente en el mismo proceso selectivo: el número de respaldos libres; la cantidad, el volumen, la edad y la presencia de los vecinos potenciales; el estado de humor de uno mismo; la duración (si es corto, según convenga, mejor de pie que mal acompañado); etc. En otros recorridos más largos o de diversa índole se pueden añadir otros factores a tener en cuenta: el grosor del equipaje, la familia y sus reglajes… Reglas, familia, Eva, el otro tren… Si lograra subir seguramente estaría tan abstraído, emocionado por la repercusión del viaje, que me olvidaría de mi propia condición de viajero. No tendría nada que ver con las demás veces: ese deambular mecánico por el corredor hasta sentarme y empezar mi exhaustivo repaso analítico de todo bicho viviente que me rodee. Las tres dimensiones necesarias para encontrarme en el espacio, de la identificación al recogimiento, siempre de fuera a dentro… Plano frontal: víctima propiciatoria no siempre aleatoria, centro de atención de gran parte de mis miradas (única alternativa para el camuflaje salvador: las páginas enormes del diario de turno)/Plano lateral: a un lado la ventana y sus paisajes, al otro los dos asientos restantes que completan el cuadrado (reojos y sonrisas cruzadas, formas de empatía)/Plano en profundidad: las tantas veces en que lo inmediato no satisface el traqueteo pendular y la mira se amplia a lo periférico, son bastante frecuentes prácticas de seducción para amenizar el rato (la exageración del ejercicio es directamente proporcional a la sintonía y al nivel de aburrimiento de los participantes, así como a su estado civil y emocional. También a la habilidad de llevarlo por cauces agradables y simpáticos nada embarazosos… En mi caso nula, ¡soy un desastre!, como en todo lo referido a inventar o saltar guiones establecidos. Siempre empeñado en ser figurante y nada más… Incluso el día de mi boda, vestido impecablemente como el novio perfecto que debía representar, me quedé a un paso del altar esperando a que alguien se decidiera a esposar a Marta, hasta que el cura no me dijo directamente que podía besar a la novia no entendí que era yo el que tenía que aparecer en escena. Siempre con mi jodido imperativo categórico de no anticiparme, de ser correcto y no pasarme de ninguna raya… Pero, ¿qué raya? No he visto nunca ninguna ni nada que se le pudiera asemejar, el papel siempre impoluto y perfectamente delineado sin ninguna fisura ni grieta para flaquear). Una vez edificada la fortaleza, conciencia de mi lugar en el tren –facilitada por la constancia tradicional del itinerario-, invierto el movimiento expandiéndolo hacia fuera: en el sosiego acompasado gozo del desfile incesante de personajes pasajeros singulares con caracterizaciones y prestaciones diversas. Es el instante concedido, la frívola distracción, superposición entre lo aparente y lo especulado. Cortos de efímero formato, simulacros en los que sumergir los espejismos ansiados de la soledad: del reloj de agujas infranqueable a la vorágine de segundos para el gran momento, de los hijos a la abuela, del que vive la travesía en el baño para evitar al revisor (testigo ambivalente, presente/ausente) al insufrible que hace partícipe de sus desventuras –con su particular megáfono con el ‹‹on›› permanente- a todo el vagón, de la pareja enamorada a la aventura clandestina… ¿Dónde voy?, ¿qué hago? Estaba por coger ese tren… Las 19.40, no creo que llegue a pasar nunca. ¿Quizás ha pasado y no me he dado cuenta? ¿Tal vez no me he querido dar cuenta? No creo que sea nunca capaz de subirme, ¡demasiado complicado! La vida ya lo es bastante como para buscarme más problemas… ¡Al diablo con esta historia de mi tren!, ¡pajas mentales, nada más! Intento relajarme… Miro por la ventana al compás del hilo sonoro de Vivaldi, las Estaciones… El mar en invierno, playas desiertas desveladas con los primeros susurros del alba, gotas de luz resplandecientes entre la arena mojada. Sumergirse en la belleza de un sereno tapiz inquietante. Pensamientos navegando en el amanecer de los sueños. Lejos del tren, del trabajo, el viaje. Por insignificante y rutinario que sea siempre nos concede ese instante. Una pausa para el reposo, la digestión reivindicada en la sangre. El mismo pasaje, la misma ruta, la misma hora, la misma persona, cada día… y sin embargo un nuevo viaje, otros ojos, otra luz, otro naufragio, otro talante. Miradas, distancias, demarcaciones concentrándose en una sola y efímera tregua escurridiza. La melodía soñolienta, el capítulo de la novela, el chicle disipado o las cabezadas silábicas entre el traqueteo infinito arrastrándote paulatinamente hacia una única destinación, retirada de las tensiones del drama cotidiano. A través del espejo, las propias entrañas, el aroma humano de los auténticos lados. Lucidez, pasmosa simplicidad. Las respuestas que nunca te atreves a dar emergen de la nada, sepultadas bajo el espesor de los pánicos inconfesables. Momento inevitable involuntario que vale más que un billete común, necesario trance de claridad sincera antes de volver a la ficción reglamentaria. Pese a todo, de alguno de esos destellos sacamos la fuerza para andar cuando la estupidez ciega cruje en el horizonte. ¿Por qué resignarse con esta mediocridad?, saberse vulgar y construir mitos de lo breve en lugar de arrancar de esas certezas. ¿Por qué llamar Eva a lo que puede ser Marta cuando no le he dado ni la oportunidad de ser Marta? ¿Dónde me lleva el Barcelona/Sants de las 19.26? El “pelín”, ese sudor helado, las vías y las ganas de huir de Paula, Marta y todos los trenes de la mañana. ¿Es eso lo que quiero? ¿De qué quiero escapar realmente?, ¿de ellas, de ellos o de mí? Hacer una valija con las cuatro cosas indispensables y desaparecer. Comprar un ticket para una estación fugitiva cualquiera lejana y esfumarme –sin dejar rastro- del mapa asfixiante de las responsabilidades y expectativas acostumbradas. ¿Por qué tantas fugas en tren? Quizás por la toma de conciencia de, aunque te lleven, poner tierra de por medio para empezar de nuevo. Esa sensación de punto y aparte fruto de la combinación entre kilometrajes absorbidos y nuevos decorados. Romper de una vez –sin pensar, comprando un destino- los candados insostenibles que oprimen tu vida. O quizás simplemente por el mismo placer de viajar, reencontrarnos prolongando esa emoción transitoria de plenitud de sentirse en el lugar y momento adecuados. Sin la presión de la definición, saborear el recorrido como esencia misma, correlato de nuestra pasajera existencia. 19.26 Barcelona/Sants o las verdades del traqueteo, ¿cuál es la estación de destino? Sacar un pasaje para sentir el beso de Marta, Paula y su áurea, el calor del destello, el respeto en la oficina, las sendas del deseo. Un pasaje hacia mis propios latidos. Subirme a mi vida con el tren en marcha.
No puede ser… Las 20.03… ¡Llega con más de media hora de retraso! ¿Qué hago? ¿Por qué me lo pregunto?, sé muy bien lo que quiero. Sudores, suplicios y suicidios han quedado en este instante en el olvido…
Agarrar mi tren y no soltarlo nunca más...
Hay trenes que nunca deberían partir…
A los pasajer@s del 11M
Por Jordi Muñoz Jovell
www.el-despertador.com
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